"Las obras realizadas sin sinceridad son como el viajero que lleva arena en su cantimplora. Llevarla le supone un peso y no le aporta ningun beneficio".
Ibn Al-Qayyim

miércoles, 3 de febrero de 2010

Islam: el enemigo fabricado

Los partidarios de las guerras se han apoyado en atentados aislados, de origen poco claro, para acusar a la vez a Osama ben Laden, Sadam Husein, los palestinos, los «musulmanes» en general, e influir en nuestra percepción de las cosas.
Para justificar las guerras unilaterales y legalizar bajo la máscara de una «guerra mundial contra el terrorismo» sus violaciones de los pueblos y del derecho internacional han tenido que empezar por mentir y fabricar un enemigo.
¿Es necesario recordar que antes de invadir Iraq en 2003 la administración Bush había presentado documentos falsos para acreditar la posesión de «armas de destrucción masiva» por parte del presidente Sadam Husein y la responsabilidad iraquí en los atentados del 11 de septiembre de 2001? Esta monstruosa falsificación no era más que una de las incontables mentiras difundidas para arrastrar al mundo entero a unas guerras criminales de repetición.
Desde 2005, gracias a la investigación confiada por el Consejo Europeo al senador suizo Dick Marty , sabemos que en el marco de esta supuesta «guerra contra el terrorismo» los agentes de la CIA y del FBI hicieron que se transfirieran a prisiones secretas a muchos musulmanes secuestrado al azar para ser torturados salvajemente. Sabemos también que algunos países europeos participaron estrechamente en estas actividades, contrarias a los principios fundamentales que afirman defender.
Pero estamos muy lejos de imaginar hasta qué punto estos poderes se sirven de periodistas y de agencias de «relaciones públicas» para difundir el miedo con el objetivo de imponer una falsa percepción de las cosas.
«Nos encontramos en un momento espantoso. El medio intelectual parisino se encuentra en una deriva pararreligiosa, en una islamofobia latente (…) No hay razón alguna para tener miedo del Islam», respondía el intelectual francés Emmanuel Todd al periodista que le preguntaba si no tenía "miedo de los musulmanes" .
Sin embargo, en Occidente este miedo a los musulmanes está ahí, palpable.
A los ideólogos adeptos al «choque de civilizaciones» les ha bastado con asociar islam con el «terrorismo» y el llevar velo con «fanatismo» para destilar insidiosamente un sentimiento de inseguridad y crear un profundo rechazo de esta religión. Desgraciadamente, hay que constatar que la mayoría de los grandes medios de comunicación se han eco ampliamente de sus argumentos racistas (deliberadamente o por ignorancia) con lo que han contribuido así a aumentar esta vasta intoxicación.
Somos testigos directos de ello. Periodistas, periódicos de gran tirada y presentadores de televisión han abusado de una manera increíble de su posición.
Cada uno de nosotros puede recordar a tal o cual comentarista o enviado especial a Iraq o a Palestina calificando de «terroristas» a quienes se alzaban contra el invasor cuando se trata de resistentes. O incluso a cualquier otro periodista que de manera sistemática transmitía ideas grotescas, sobre el velo y la «charia» (la ley musulmana) para alimentar la impresión de que los musulmanes «no son como nosotros», no aceptan «nuestros» valores. Aprovechaban cualquier oportunidad de asociarlo al «fanatismo», al «atraso», a la «opresión» de la mujer .
Sin estas feroces campañas de denigración de la cultura y las tradiciones de la sociedad árabes el desarrollo de los prejuicios islamófobos nunca habría podido adquirir semejantes proporciones. Ni la indiferencia del público habría podido seguir siendo tan total a pesar de las insoportables imágenes de los presos torturados o de civiles destrozados por los bombardeos, en Palestina, en Iraq, en Afganistán.
Hay que llamar a las cosas por su nombre. Lo que se nos presentó como una guerra para «restaurar la ley y la seguridad» era, ni más ni menos, una guerra islamófoba. Una guerra totalmente instrumentalizada por unas partes interesadas consagradas ante todo a la defensa de los intereses de Israel en Oriente Medio.
En países como, por ejemplo, Suiza e Italia, en los que nunca se habían conocido atentados que se pudieran atribuir a los árabes o musulmanes, personas que no tenían nada que reprocharse fueron su objetivo debido a su pertenencia religiosa. Y, sobre todo, desde principios de este siglo y en todos los medios sociopolíticos la gente empezó a mirar con una desconfianza cada vez mayor a las mujeres que llevaban velo y a los fieles que frecuentaban las mezquitas.
Esta criminalización, consciente o no, de una parte importante de la población (la Unión Europea cuenta con 15 millones de musulmanes) tenía una motivación eminentemente política. Tenía que preparar a la opinión pública para adherirse a la guerra o aceptarla.
La criminalización de los musulmanes ha servido para esto: condicionar a la opinión pública para que nadie se apiade de los sufrimientos que nuestros «defensores de las libertades» les hacían padecer y también para preservar a los criminales estatales de toda crítica.
Esta política cínica, a la que indudablemente han contribuido periodistas sometidos, tiene un nombre: «estrategia de la tensión». Una estrategia que consiste en tener como objetivo y denigrar a ciudadanos ordinarios (en este caso, musulmanes respetuosos de las leyes), en acusarlos de cosas absurdas y, llegado el momento, en atribuirles las provocaciones o los atentados que agentes clandestinos estatales han preparado a tal efecto o (y esto se produce con más frecuencia de lo que imaginamos) han perpetrado ellos mismos.
Esto no es una ficción. En una obra titulada «Les armées secrètes de l’OTAN» [Los ejércitos secretos de la OTAN , el historiador suizo Daniele Ganser ha demostrado cómo durante la Guerra Fría Estados Unidos y sus aliados europeos se sirvieron de una red clandestina formada por la OTAN en asociación con la CIA llamada «Gladio» para fomentar atentados mortíferos y atribuirlos después a los comunistas. Vincenzo Vinciguerra, que participó en la preparación de estos atentados con bomba contra inocentes, confirmó después que el objetivo que se buscaba con estas masacres era provocar pánico y empujar a las autoridades a un régimen autoritario.
¿Acaso las mismas manipulaciones no funcionan hoy a nuestras espaldas?
Pero esta vez el objetivo de los manipuladores estatales ya no son los izquierdistas y los comunistas como en los años sesenta-ochenta, sino que son los árabes y los musulmanes. Estos «especialistas del terrorismo», a los que se llama para explicar y comentar estos atentados, sacan inmediatamente partido de ellos para relanzar el debate y aumentar la desconfianza en relación al islam.
En general no hay reacción alguna para contestar la arbitrariedad y las falsificaciones . Por consiguiente, es tanto más fácil difundir noticias falsas cuanto que los medios de comunicación tradicionales no muestran propensión alguna a investigar, como deberían hacer, para verificar si las versiones oficiales son plausibles .
Atrapados en la desinformación, los ciudadanos están lejos de imaginar (lo cual es comprensible) que sus autoridades, ayudadas por el cuarto poder, podrían estar implicadas de cerca o de lejos en el establecimiento de estrategias contrarias a sus intereses.


Resumen del articulo de la página de silvia cattori para leerlo entero: http://www.silviacattori.net/article612.html

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